Salvador Freixedo

El ser cajera de un supermercado
les gusta más que besar a un bebé.
El instinto materno se les fue
y ahora tendrán que purgar su pecado.

Ahora informan a cómo está el pescado,
y que ha subido el precio del café,
y tendrán que estar ocho horas de pie
aguantando a mucho cliente pesado.

En el hogar tenían libertad
para moverse por la casa o salir;
ahora no les permiten rebullir

y les prohíben la movilidad.
Y en su casa, al llegar, nadie dirá:
Te quiero mamita. Hola mamá.

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